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Acollidora Calcuta

Autor: Jesús A. Vila

Calcuta de Jesús Vila¿Quién ama a Calcuta?

El libro que tenéis en las manos no es un libro de historia. Sí, un libro de historias y, por lo tanto, un libro de ficciones. Un libro de ficciones que podrían haber pasado en cualquier ciudad, pero que pasan en una particular y muy definible y, probablemente, no por casualidad. Las historias que la componen forman parte del bagaje particular del autor, pero también de la atmósfera de una ciudad que es peculiar e intransferible. Y que reclama una atención especial.

Durante muchos años he mantenido la teoría de que así como hay personas que nacen con una flor en el culo y otros que no han parado de llorar desde los primeros azotes, hay ciudades afortunadas y ciudades desgraciadas, que es tanto como decir que hay lugares donde la gente vive muy bien y otros donde la gente no tiene más remedio que malvivir. No se trata del clima, ni del lugar concreto, aunque todo ayuda y hay geografías más bien amables y otras más bien convulsas. Se trata de tener calles limpias, edificios bien construidos, un urbanismo ordenado, un aire puro, unos espacios verdes accesibles y suficientes, una movilidad sencilla y garantizada, unos servicios idóneos y puntuales, unos equipamientos a la altura de las necesidades, una administración competente que gestione bien, un equilibrio productivo, la sensación de seguridad indispensable y un nivel de convivencia óptimo. Seguramente hay más elementos que ayudan, pero desde el punto de vista comunitario, lo que hay que reclamarle a una sociedad avanzada son estos parámetros que permiten unos estándares de calidad de vida razonable. Muchos de estos aspectos tienen bastante que ver con la historia: los edificios bien construidos, el urbanismo ordenado, los espacios verdes suficientes... Otros, en cambio, mucho más con la gestión: las calles limpias, la movilidad, los servicios , los equipamientos; y otros diversos, con una mezcla de elementos relacionados tanto con la historia y la cultura como con la gestión, e incluso con la geografía: el aire puro, la sensación de seguridad, la convivencia, el equilibrio productivo, etc . Cada ciudad es diferente porque cada ciudad es producto de estos parámetros variables que se interrelacionan a través del tiempo: el lugar donde se fundan, la característica en el momento histórico del nacimiento y los fenómenos que se dan a lo largo de su desarrollo físico. No es lo mismo una ciudad fundada como consecuencia del establecimiento de la corte real, que una ciudad surgida en la ribera de un río útil para impulsar una industria concreta o una ciudad surgida para acoger los aludes de población requerida para el desarrollo económico .

Todos sabemos que el modelo de ciudad mencionado en primer término, suele tener un urbanismo ordenado de origen, grandes espacios verdes y enormes edificaciones regulares, por ejemplo, mientras que el segundo modelo garantiza ciudades más bien grises y desequilibradas con respecto al urbanismo y a la industria, y el tercer modelo se ajusta a las ciudades construidas en base a la demanda creciente de habitáculos más bien de escasa calidad, hechas a toda prisa, sin ningún orden y sin reserva urbana de suelo, casi siempre al abrigo de las ciudades nacidas o crecidas como consecuencia de la revolución industrial.

Como se puede ver, aquella teoría de las ciudades afortunadas y las desgraciadas de la que hablaba al inicio, está estrechamente relacionada con esta evolución histórica de los diferentes modelos. Pero hay más, porque a pesar de que es verdad que los orígenes determinan, tengo la sensación de que las ciudades afortunadas consiguen unos equipos humanos de gestión que las favorecen, y las desgraciadas más bien al contrario. Tiene que ver también con lo que hemos escuchado muchas veces de amar la ciudad, de identificarse con ella, con su historia y con su capacidad de futuro que es tanto como amar a la gente que vive y todos los elementos que la configuran: el urbanismo ordenado, los espacios verdes, la calidad constructiva, la movilidad suficiente, la higiene colectiva, los servicios y los equipamientos, el equilibrio de los sectores productivos en la medida de las posibilidades, la inexistencia de contaminaciones, la garantía de seguridad y convivencia, etc. Tiene que ver, finalmente, con la capacidad para amoldarse o resistirse a las fuerzas centrípetas y centrífugas que se producen en todo colectivo humano a la hora de determinar hacia dónde hay que ir.

Es verdad que no es lo mismo gobernar una ciudad donde el territorio es propiedad de los que viven, que una ciudad donde el territorio está en manos ajenas. Cuando el espacio de la ciudad es de los mismos vecinos, es más fácil ponerse de acuerdo para no dañar nada. Cuando el territorio es ajeno, el único objetivo es sacar beneficio neto, y si no hay límites legales o resistencias administrativas, no se puede esperar más resultado que el beneficio exagerado de unos pocos, en detrimento de la mayoría. Casi siempre, entre los que venden el territorio de un lugar donde no viven, y los que reciben las consecuencias porque sí viven. Por eso los buenos equipos humanos de gestión son tan importantes en las ciudades afortunadas y han resultado tan prescindibles en las otras. No hay patrones para determinar estos equipos humanos porque, si los escuchas, todos aman su ciudad. Pero hay un imperceptible factor que resulta a la larga ilustrativo. Quian ama a su ciudad suele quedarse. Vive en ella.

Tiro voluntariamente piedras contra mi tejado de vidrio, para reivindicar las excepciones que siempre están, porque yo, que parece que amo la ciudad de la que habla este libro, y sobre la que tanto he escrito, la abandoné como residencia hace 20 años, a pesar de que no hay semana que no la pise varias veces. En descargo propio debo decir que hablaba de los equipos de gestión de la ciudad referida y yo no he formado parte de ninguno de esos equipos. Y no he participado en ninguno porque, en mi época, no era suficiente con caer bien a los que te debían elegir. Resultaba indispensable caer bien a los que te tenían que incluir en la lista electoral. Y no fue el caso.

Ya es hora de decir que la ciudad de la que habla este libro es l’Hospitalet. La ciudad donde el autor estudió el bachillerato y, por tanto, como defendía Max Aub, "mi ciudad eterna". El título —que me provoca dolor— reúne, como es bien visible, las dos realidades contradictorias que la definen. Si la ciudad se llama l'Hospitalet es porque recibe el nombre de un pequeño establecimiento de acogida: hospital, hostal, que cobijaba la gente que se dirigía a Barcelona antes de llegar a las murallas. El objetivo del viajero era Barcelona. Siempre, en esta zona, el objetivo del viajero y después del residente, ha sido Barcelona o lo que Barcelona ha representado en el imaginario colectivo. De Barcelona eran mayoritariamente los fabricantes que reclamaban mano de obra y los terratenientes que vendían las parcelas para abrir calles y construir hogares modestos para los nuevos hospitalenses. L’Hospitalet ha acogido, históricamente, por la misma causa que un gato caza ratones: por su instinto. No es una cuestión de amabilidad solidaria. Es la razón de ser de su existencia.

Quizá lo que no estaba prescrito es que los equipos humanos que han gestionado la ciudad la convirtieran en Calcuta. Calcuta es la ciudad india, capital del Estado de Bengala, que pasaba hace años por ser la más densa del planeta, la que tenía más habitantes por kilómetro cuadrado. Esto hoy parece que ya no es así, a pesar de que su área metropolitana supera de largo los 15 millones de habitantes con una densidad que alcanza los 24.000 h / Km2. También Calcuta es una ciudad contradictoria. La conocen como la ciudad de la alegría (Lapierre dixit) pero es allí donde la Madre Teresa mostró al mundo la insultante miseria de los pobres que la habitan, y que viven y mueren permanentemente en sus calles. Nació como un punto comercial neurálgico —donde estableció su sede la Compañía Británica de las Indias Orientales— en una insana zona de humedales del delta del Ganges pero muy adecuada para el tráfico marítimo, y enseguida se dividió en dos áreas bien diferenciadas: la europea y rica, y la india y pobre, conocida como "la ciudad negra". Cuando en los años 60 se hablaba de la deriva que tomaba l’Hospitalet como ciudad ultrasaturada y pobre, ya se la comparaba con Calcuta. Hay diferencias, claro. En l'Hospitalet no hay mucha población estable en la calle, pero si algún día quisieran salir todos sus habitantes a la misma hora, no encontrarían espacio para poner los pies. Como Calcuta. Y de esto hay responsabilidades evidentes. No es aquí el lugar idóneo para hablar de ello, pero dejo constancia. Han conseguido una ciudad grande, que no es exactamente lo mismo que una gran ciudad: nuestra Acollidora Calcuta.

Fijado el contexto, nada amable naturalmente, ha llegado el momento de pedirle indulgencia al lector por el universo que lo ocupa, y misericordia por el continente. Comprensión por las historias y piedad por la ciudad. Sólo con esta benignidad solidaria, el autor podrá seguir escribiendo y la ciudad sobrevivir...

(De la Presentación del autor)

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